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24 de julio de 2016

NIZA

El 14 de julio, aniversario del inicio de la Revolución Francesa con la toma de la Bastilla, --convertido en "Día Nacional" de Francia, como si ese país no hubiese existido antes de 1789, cuando la verdadera fundación de la nación francesa se dio con el bautismo de Clodoveo, de la dinastía de los Merovingios, rey de los Francos, lo que representó el inicio de la mezcla entre los Galorromanos cristianos y los Francos germánicos paganos. Lo demás es ideología, que pretende que el mundo volvió a crearse con la asunción  del credo democrático-liberal surgido de la Ilustración en el siglo XVIII y su puesta en práctica con la Independencia de EUA y la posterior Revolución en Francia que derrocó el régimen absolutista que los Borbón habían constituido desde el siglo anterior, consolidando la centralización del poder que habían buscado todos los Capeto desde su entronización en el siglo X en sus diferentes ramas, los directos, los Valois y los Borbón, ante un país que tras la decadencia de los Carolingios se desmembró entre potentados y terratenientes que convirtieron a Francia en el paradigma del Feudalismo. A ese absolutismo del Rey, los Revolucionarios lo sustituyeron con el absolutismo del Burócrata, mismo que continúa hasta hoy y ha sido un modelo a seguir por gran parte del mundo, en especial Hispanoamérica y México en particular, lo que ha sido causa de no pocos de nuestros problemas y atrasos.
Pero lo de ayer muestra enormes diferencias entre la Francia original, la de los reyes, la "Cristianísima", la "Hija primogénita de la Iglesia" que detuvo al Islam militante en Poiters con el muro de acero de los escudos de la infantería de Carlos Martel, mientras que la Francia nacida en 1789, la del Burócrata que ostenta el Poder no con base en la fe, sino en un sinnúmero de teorías que sustentan la idea de la Soberanía Popular y los pesos y contrapesos de quienes ejercen el gobierno que en la práctica se traduce en trámites kafkianos, discusiones interminables parlamentarias y buenismo rampante, que a partir de la Revolución ha perseguido al Cristianismo y negado sus raíces, que niega el primer genocidio de la Historia con las matanzas de católicos en La Vendeé, que entronizó a un loco megalómano que provocó veinte años de matanzas en todo el continente para satisfacer su narcisismo y después al payaso extravagante de su sobrino, que a duras penas y con ayuda externa pudo librarse dos veces del dominio alemán, no puede más que ser arrollada por el Islam resurgente, que sin necesidad de armas, sin necesidad de un ataque militar en regla, puede demostrar a los franceses y al mundo que ese Estado francés fundado en 1789 no es más que un castillo de papel mojado, incapaz de brindar seguridad a su propio pueblo.
Las escenas que podemos ver en el video son terribles: basta un tunecino, descendiente de aquellos guerreros púnicos adoradores de Moloch que marcharon junto a Aníbal Barca con odio eterno a Roma y lo que representa y que lo siguen sintiendo, apoderado de un camión de carga para pasar a toda velocidad dejando una estela de muerte a su paso a lo largo de dos kilómetros sin que nadie le pusiera un alto hasta que dejase, nuevamente, un rastro de terror y sangre... el Presidente Hollande, a quien ha tocado reaccionar, porque no puede prevenir, ya tres veces ante los atentados del islamismo militante.
El pueblo francés aparece nuevamente sorprendido e impotente, y no parece encontrar a nadie que le explique qué está pasando, o no quiere darse cuenta de ello: tienen al enemigo en casa, desde que abrieron las puertas a la migración musulmana en una fecha tan temprana como tras la conquista de Argelia en 1830 y el apoderamiento de antiguas provincias norafricanas y del centro de Africa del Califato Otomano que se desmoronaba ante el empuje de Europa en plena industrialización, mientras Inglaterra tomaba territorios africanos al sur del Sahara, e inteligentemente le otorgaba al Egipto de Mohamhed Alí (no el boxeador, sino del líder albanés que se propuso restaurar el esplendor del país del Nilo, perdido desde Cleopatra, de quien Cassius Clay adoptó el nombre por su gigantismo histórico)  la independencia pero tutelada por las fuerzas e intereses británicos, compartiendo el dominio de Sudán, lo que le permitió, en un primer momento, recibir una migración de una población que pudo incluso ser evangelizada en el Anglicanismo y permeable a la cultura británica.
Francia no tuvo esa suerte: argelinos, tunecinos, marroquíes, malienses y mauritanos inundaron Francia desde entonces y más incluso tras la independencia, llevando al Islam a tierras galas y formando cada vez más un proletariado al que ha sido difícil integrar, pues encuentra en el Islam el sustrato de su cultura propia, y en la doctrina coránica encuentra, también, el sustento para mantener vivo el ideal de conquista, de superioridad sobre los occidentales, los nazara, o Cristianos, a los que ve ahora envueltos en la decadencia y la perversión, por lo que deben ser eliminados.
Pero nadie en Francia, ni en Occidente se atreve a reconocer que la apertura excesiva a la migración proveniente del Medio Oriente, región que desde el derrocamiento del último Califa Abdul Mejid II, en 1924, y posteriormente, tras la fundación del Estado de Israel, se convirtió en un polvorín, pues en el mundo islámico comenzó la búsqueda por la restauración del imperio que mantenía la unidad del Islam Sunnita al menos, es la fuente del peligro, y que así como existen muchos musulmanes que son gente ordinaria que no desea más que trabajar y ganarse el pan y vivir una vida tranquila, existen muchos otros, entre ellos, que fácilmente se dejan llevar por el canto de las sirenas del radicalismo.
Las autoridades francesas y de la Unión Europea voltean para otro lado, lo mismo que los intelectuales y partidos, sobre todo los de Izquierda: no señalan al Islam como una ideología imperialista, militarista y peligrosa, que debería llevarlos a replantear la política migratoria; sin embargo, pesan más otros intereses: la defensa de intereses económicos necesitados de mano de obra ante la baja natalidad y el envejecimiento de la población nativa europea, ideológicos, sobre todo los que motivan a la Izquierda, favorables al multiculturalismo de la Globalización, el secularismo y la tolerancia religiosa, --aunque un enorme odio al Cristianismo, motivado sobre todo por los temas de moral sexual, que ven en el Islam al enemigo que puede destruir a aquel, sin importar que su ideología es totalmente incompatible con el Islam-- con tal de salvar a la Democracia y los Derechos Humanos no del peligro musulmán, sino de la llamada "extrema derecha" encarnada en el Front Nationale de los Le Pen o de los movimientos identitarios europeos.
Occidente, como dice bien esta columna referente a los hechos de Niza, y también lo plantea Juan Manuel de Prada en su columna del ABC del 16 de julio, ya no se defiende, pareciere que nuestras sociedades están conscientes de que están enfermas de muerte y no quieren luchar contra la enfermedad, están felices cayendo en ella, desean morir, no tienen esperanza para el futuro, no hay deseos de mayor trascendencia que los efímeros minutos de un orgasmo, sea como sea que éste se consiga, y permanecer distraídos respecto de la realidad con entretenimiento permanente --¿porqué creen que son tan importantes socialmente actores, directores de cine o músicos populares en nuestros días?-- con diversiones idiotas como ahora el videojuego Pokemon Go!, que hace que mucha gente busque como posesos a seres inexistentes, imaginarios, mientras se distrae de enfrentar a su realidad con sus dolores y sus gozos reales y existentes.
Occidente prefiere echarse la culpa de lo que sucede: los islámicos han lanzado esta ofensiva terrorista como respuesta a las políticas occidentales imperialistas y coloniales; no cabe duda que en esto hay algo de verdad, pues mucho de lo que vemos viene de que estamos pagando las consecuencias del Acuerdo Sykes-Picot, de la Declaración de Balfour y del Tratado de Sévres, todo consecuencia de la Primera Guerra Mundial, un cúmulo de errores de comprensión sobre el Medio Oriente que sembró las semillas del caos en el Medio Oriente, con el reparto de intereses petroleros y la creación de Estados artificiales, el primero, el establecimiento del Estado de Israel, que quedaría incrustado como banderilla en el lomo del toro del Islam, y la desaparición del Califato Islámico en su última encarnación otomana. Ciertamente, una forma de lidiar con el mundo musulmán sea el establecer regímenes clientes y secularizados, un tanto como las dictaduras militares iniciadas por Mustafá Kemal en Turquía, y sus regímenes sucesores, como el de los coroneles egipcios encabezado por Gamal Abdel Nasser, el del Partido Baath en Siria con la familia Assad y en Irak con Saddam Hussein, y en Libia con Muammar Ghaddafi. Pero quizá el haber conservado el Califato desprovisto de soberanía política y dotado únicamente de funciones de liderazgo religioso hubiese sido el antídoto contra el surgimiento de tantos grupos fundamentalistas e interpretaciones extremistas.
Sin embargo, esto no es más que una parte: la idea de la Jihad ha estado conexa al Islam desde el principio, y la rivalidad entre los pueblos de Europa y otros precursores de Occidente, como los Judíos antiguos, y del Medio Oriente es tan antigua como la Historia misma, como lo recordaba Herodoto. De igual manera, la idea de Imperio, de expansión y de conquista nace desde Sargón de Akkad, los imperios occidentales, el de Alejandro y el de Roma, surgieron como respuesta a las agresiones de Medio Oriente, con los Persas o los Cartagineses, incluso, la expansión europea surgió como forma de sacar la vuelta al Islam, que en sí mismo compiló y sumó las influencias de los imperios del Creciente Fértil del pasado y las convirtió en un credo expansionista y feroz.
Hoy estamos inermes, ya no tenemos a Leónidas, ni a Alejandro, Escipión o Heraclio, ni al Cid, Felipe Augusto o Ricardo Corazón de León o San Luis IX o Don Juan de Austria y Jean Sobiezki, nuestros dirigentes no tienen el valor, ni la fuerza para oponerse a la ola que viene, como toda defensa se tiene el iluminar los edificios públicos con los colores de la bandera del país atacado, poner veladoras y osos de peluche en recuerdo de las víctimas; y así seguirá hasta que, cobardemente, y por defensa de la Democracia, la diversidad, el multiculturalismo y la tolerancia, le entreguen el poder y las vidas de sus gobernados, a los Islamistas.

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