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23 de octubre de 2015

LA LEGALIZACIÓN DEL MAL


En un futuro, cuando vuelva la cordura, creo que no será ni Voltaire, ni Marx, ni Nietzche o Hegel el considerado como el intelectual que provocó la decadencia de la Civilización Occidental: dicho puesto será reservado para el Jurista austriaco Hans Kelsen y su Teoría Pura del Derecho de la cual se deriva el Positivismo Jurídico. Sus tesis han sido fundamentales para la creación de un nuevo tipo de totalitarismo que se enmascara tras la Democracia liberal representativa y para la imposición de ideologías de grupos e intereses una vez los mismos llegan al poder.

La doctrina de Kelsen es, en sí, muy sencilla, ya anteriormente he hablado de ella en este espacio en forma breve, pero en lo esencial consiste en considerar que la esencia del Derecho consiste en ser un conjunto de normas cuyo cumplimiento es exigible mediante la coacción o la fuerza pública, --como ya Kant lo había determinado-- por lo que ésta es su principal característica: el Estado es quien crea las normas jurídicas o establece aquellas que pueden ser exigibles mediante el ejercicio de dicha fuerza sobre la que ejerce el monopolio; por lo tanto, compete exclusivamente al Estado el prohibir o permitir diferentes conductas.

Para el austriaco no existen normas justas o injustas, ni el bien o el mal; no existe un orden preestablecido, sino que, mostrando su descendencia ideológica de Rousseau, éste es creado por consenso de la sociedad a través de su representación: el Estado mismo, que es encarnación de la comunidad: así, se niega la existencia de un orden natural externo al ser humano, para plantear que el orden es creado y fijado por los propios hombres, y que éste es cambiante: lo justo es aquello que es legal y por tanto, exigible por el Estado a través de la fuerza, lo injusto, es aquello prohibido por ley, entonces, tenemos que lo que importa no es la Justicia, sino la Legalidad, y aún más, la Constitucionalidad, aquello que está de acuerdo o no con el conjunto de normas fundamentales que estructuran al Estado sin tomar en cuenta ninguna otra consideración.

La obra de Kelsen tiene sin embargo puntos claros: la necesidad del Estado de mantener y proteger su estructura mediante mecanismos de control constitucional, algo que le llevó a crear el Tribunal Constitucional en la constitución de la República de Austria en 1920, un modelo: el "control concentrado" que fue adoptado por numerosos países incluso más allá de Europa y que es bastante funcional, incluso, en México desde 1995 y hasta 2011 parecía que la intención era adoptar el modelo, hasta que la resolución del Caso Rosendo Radilla Pacheco motivó reformas más orientadas hacia el "control difuso" heredado del ámbito angloamericano. Sin embargo, el jurista germánico también fue muy oscuro: su postura lleva necesariamente a convertir al Estado en la medida de todo, y a que la aprobación legal de tal o cual cosa lleve a que ésta necesariamente, venga a ser aceptada por la población que ya no encuentra el obstáculo o el temor del castigo ante ella, la norma jurídica, la acción del Estado sustituye cualquier otro ordenamiento: sea la moral o hasta los convencionalismos sociales o modales, pues pueden ser tildados de discriminatorios o contrarios al orden que se busca, sea defendido por el Estado.

Así, el Estado tiene el aval para intervenir en todos los órdenes de la vida social e individual de la persona, pues le interesa proteger los derechos de las personas: salud, igualdad, trabajo, educación, vivienda, etc., por ello, podrá restringir el consumo de determinados productos y estimular otros, todo sea por el "Bien Común" o quizá más bien, por los intereses de quienes ocupen el poder, que, escudados en la supuesta voluntad popular y el consenso, harán aquello que les beneficie y moldearán a la sociedad a su gusto. Kelsen, por tanto, dio las armas necesarias a los totalitarios para aparecer como libertarios.

Hoy en día la mentalidad positivista ha permeado en todos lados, se espera que por la legalización que hace el Estado, se de una aceptación moral a ciertas conductas, y de no ser así, vendrá la acción punitiva gubernamental a quien se oponga u opine diferente respecto al aborto o el "matrimonio" homosexual, por ejemplo, por ser, entonces, algo estimado como discriminatorio o intolerante, el axioma es: "si es legal es bueno" y se nos olvida que las Leyes raciales de Nüremberg impulsadas por el Nacionalsocialismo alemán, y del que huyó Kelsen por no tener sangre germánica pura por tener un abuelo judío, eran legales, pero inaceptables desde el punto de vista de la más elemental Justicia y la naturaleza humana. Hoy, por ejemplo, se desata una campaña enorme en torno a la legalización de la mariguana con fines "recreativos", lo que será la puerta para, posteriormente, legalizar el resto de estupefacientes, y para lograr ese consenso que lleve a los políticos a aprobarlo, los políticos y comunicadores, algunos tan cuestionables, pero inexplicablemente influyentes como Jorge G. Castañeda, están promoviendo el consumo de sustancias, aludiendo ejemplos como Holanda o Escandinavia, olvidando que son circunstancias distintas a México, o bien, que se trata de países que se han convertido en verdaderas "disneylandias" a las que tarde que temprano la realidad les hará estallar problemas gravísimos demográficos, sociales y culturales.

Las medidas "progresistas" que han sido autorizadas por las Supremas Cortes de México y EUA últimamente han sido impulsadas desde la óptica del Positivismo, y están creando una verdadera "dictadura judicial" en que los Jueces no solo se arrogan las facultades legislativas que van más allá de la función de intérpretes de la Ley, o de impartidores de Justicia, sino a incluso, pretender modificar la naturaleza biológica humana por sentencia o decreto, sin tener límite alguno. Si lo vemos bien, estamos ante un nuevo tipo de totalitarismo en que el futuro de la familia, de la salud, de la sociedad, se encuentra en realidad en manos de unos cuantos que conforman los órganos superiores del orden jurisdiccional.

Incluso eso pasa en la Iglesia: la apuesta de Bergoglio y los Modernistas es que el Sínodo funja como un parlamento que termine por aprobar la comunión a divorciados y las uniones homosexuales, pese a que la Doctrina y la Revelación sean claras al respecto; una aprobación a los ojos de los fieles educados secularmente por y en el positivismo llevará a aceptar moralmente esto, para muchos, la palabra del Papa, aún sea en una conversación privada, es Ley, pues no entienden realmente la potestad pontificia, sus límites y alcances, y menos la sinodalidad.

Sin embargo, como decía el Cardenal norteamericano Fulton Sheen: "Los principios morales no dependen del voto de las mayorías, lo que está mal, está mal, aunque todos estén errados. Lo que es correcto, es correcto, aunque nadie esté del lado correcto."

Por tanto, concluyo, nadie colaboró tanto para encausarnos por el camino de la decadencia como Hans Kelsen... la Historia le juzgará.

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