Buscar este blog

22 de julio de 2015

JAPON: ¿EL REGRESO DEL SAMURAI?


La actual administración del Primer Ministro Japonés Shinzo Abe, ha lanzado una iniciativa muy polémica y que se suma a la escalada de tensiones en el Asia Oriental y los mares de esa zona: en resumidas cuentas se trata del renacimiento militar de Japón.

Es claro que estamos en tiempos convulsos en que el poder global ahora pivota a Asia tras haber estado los últimos 200 años claramente centrados en Europa y América con la Revolución Industrial, que culminó o llevó a su plena realización a la hegemonía occidental iniciada por Portugal y sobre todo España hace 500; Inglaterra y su heredero y sucesor, Estados Unidos, con el apoyo de economías industrializadas culminaron con la occidentalización del mundo --eufemísticamente llamada "Globalización", aunque en mucho la misma ha consistido en la adopción de modas, gustos, técnicas, ciencias y costumbres del hemisferio occidental del planeta-- y esto está llevando a que los viejos imperios, en que el más joven es Rusia, con 1,000 años contados a partir de la conversión al Cristianismo por parte de San Vladimiro de Kiev que se considera como la fecha fundacional de la monarquía y el primer Estado propiamente ruso, pero al lado del cual se encuentra Irán, con 2,600 años de Historia detrás y de ambiciones imperiales, además, la India, con cerca de 3,000 y en una etapa en que parece estar consolidando finalmente su unidad, anteriormente frágil y tensa bajo las dinastías de los Mauryas, Guptas y Mogoles, gracias en buena medida a la herencia política y social británica que quedó impregnada en la milenaria sociedad, China, con 2,230 años de unidad estatal, ya firmemente consolidada y una cultura aún más antigua, en un régimen decididamente imperial, en que los Mandarines, tecnócratas enmascarados tras una fachada cada vez más tenue de Marxismo, ya no han necesitado del emperador para gobernar, y el Islam Sunnita que viene a ser como la suma de todas las antiguas civilizaciones semíticas, desde el Egipto faraónico a los reinos mesopotámicos, y que se debate entre el refundar un Califato o acogerse a la hegemonía de Arabia o Turquía, y entre todos ellos, se encuentra Japón y sus también 2,600 años de existencia bajo el trono de los Yamato.

Japón se encuentra en un punto clave en su Historia: cierto, en 1850 se vio forzado a adoptar la tecnología y un remedo del sistema político de los países occidentales para no acabar aplastado por las ambiciones colonialistas de europeos y norteamericanos, la creación de una potente máquina industrial para sostener un ejército y una marina poderosas que en principio estaban destinadas a defender al pequeño imperio insular de las amenazas extranjeras llevaron a una desesperada búsqueda de materias primas que el archipiélago no tenía, con lo que los nipones se vieron obligados a depredar a sus vecinos y a lanzarse a la expansión imperial sin límites, hasta que la Segunda Guerra Mundial y las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki le pusieron fin a su aventura. Pero hoy, quizá no le quedará más remedio que embarcarse nuevamente en ella.

Y es que tras la enorme, traumática y apocalíptica derrota sufrida por el Imperio del Sol ante EUA y sus aliados en 1945, la constitución elaborada por McArthur ha sido, en realidad, una camisa de fuerza que le impide a Japón volver a su pasado histórico y desarrollar a fondo todo su potencial; después de todo, si analizamos toda la Historia nipona, nos encontramos que la misma ha sido jalonada por la guerra salvo dos grandes periodos de paz: la Era Edo, definida por el gobierno de los Shogunes Tokugawa y que abarca de inicios del siglo XVII a 1850, en que termina con la llegada de "los barcos negros" del Comodoro norteamericano Matthew Perry, y la actual de posguerra, antes de estos periodos, los Japoneses habían vivido en el combate perpetuo; la más de las veces, desgraciadamente, en conflictos fraticidas que hacían que las katana se tiñeran con sangre de compatriotas antes que de enemigos externos.

El carácter insular del país, y la reforma del sistema militar por parte de los emperadores del siglo VII con la mira en, por un lado conquistar los territorios de las islas del norte, en poder de los Ainu, los misteriosos nativos blancos de Japón, mediante la cual se otorgaron tierras a aquellos jefes militares que participasen en la campaña, y la necesidad de contar con un ejército capaz de oponerse al poderío imperial chino en la península coreana, hogar ancestral de la dinastía del crisantemo, --lejos de mitos solares-- llevó a un sistema feudal en que los líderes guerreros, los damyo, y sus guerreros con los que les ligaba un contrato o pacto de servicio, por lo que eran los samurái que se convirtieron en una verdadera élite, sobre todo tras la Guerra Gempei, de la que ya hablé en un post anterior.

Contadas fueron las luchas contra enemigos exteriores: el intento de invasión sino-mongola de Japón por Kubilai Khan o la guerra contra China sobre suelo coreano en el siglo XVI, la mayor parte, el país se desangró en conflictos entre estados feudales para los cuales los emperadores se volvieron meros líderes espirituales hasta que Hideyoshi y después Ieasu Tokugawa unificaron el país y centralizaron el poder bajo una dictadura militar, hasta su cambio por la "Revolución Meiji" en que se adoptó un absolutismo monárquico combinado con un régimen semiconstitucional al estilo occidental.

El Ejército Imperial creado bajo el esquema militar europeo, tomado en el caso de las fuerzas de tierra del ejemplo prusiano, y de la marina, de Inglaterra, mantuvo sin embargo la mística guerrera del pasado, su oficialidad y generales provenían de la casta samurái, se seguía el código Bushido y había una lealtad religiosa hacia la figura del Tenno de parte de los militares propia de los grandes héroes del Japón feudal. Tras la Guerra, la derrota y la reducción del monarca a un Jefe de Estado constitucional con facultades meramente ceremoniales, vino también la desmilitarización; la carta magna japonesa estableció una disposición expresa que obligaba al Imperio del Sol a ser una nación pacifista y a rechazar la guerra y la fuerza armada como vehículos para la política; como consecuencia, las fuerzas armadas fueron disueltas y se buscó desmilitarizar la mentalidad del pueblo nipón.

Las circunstancias, sin embargo, obligaron al propio EUA, y al propio McArthur a reconocer que necesitaban a un Japón armado, aunque controlado, para que no volviera a utilizar sus fuerzas militares para algún tipo de expansión imperial; finalmente en 1950, ante el control que de la parte oriental de Alemania habían tomado los rusos, y la creación de una fuerza militar germano-oriental, es que se autorizó la creación de un ejército alemán: la Bundeswher, que, aún con que ha contado con un buen presupuesto y fue entrenada y organizada por antiguos oficiales de la II Guerra Mundial, no es sino una caricatura de la poderosa Wehrmacht hitleriana, y así, por esos años se crearon las llamadas Fuerzas de Autodefensa de Japón. La idea es que el Estado japonés pudiese contar con fuerzas que garantizaran el orden interno contra posibles alzamientos de corte comunista, así como colaborar con las tropas norteamericanas asentadas en el archipiélago, como el caso de la base de Okinawa; realmente, en el acuerdo trenzado entre Japón y EUA, se pactó que la defensa contra enemigos externos estaría a cargo de la potencia angloamericana. Aún así, el presupuesto militar japonés ha ido creciendo, sobre todo en los últimos años, aunque siguen sin poder desarrollar armamento propio, con todo y que Japón tiene la capacidad tecnológica para incluso adquirir capacidad nuclear en 6 meses, según se dice.

En realidad, mucho del pacifismo que ahora Japón pregona no es otra cosa más que consecuencia de su síndrome de la derrota, el japonés ha quedado con un complejo de inferioridad que ya alguna vez comenté en este espacio, sin embargo, debajo el guerrero late y vive, y esto se expresa en el contenido de muchos productos de la pujante y a menudo extravagante cultura popular nipona actual: los manga y anime rebozan de contenidos violentos, de historias guerreras y heroicas, de valores sustentados en el Bushido, de la añoranza de los campos de batalla, de los estandartes flameando, las armaduras lacadas y el entrechocar de los sables, el japonés no puede negar su cultura y su identidad, y menos ante las circunstancias actuales, en que, por un lado, tenemos una sociedad moribunda y estancada, muy similar a la del periodo Edo; perdida entre perversiones sexuales y frivolidades estúpidas, con una natalidad bajísima que pone en riesgo su supervivencia y la falta de ideales o de imaginarse un futuro, como lo retrata Murakami en sus novelas; por otro lado, tenemos el inmenso peligro de una China desbordada y sin límites.

Porque, pese a que la bélica historia nipona en el pasado se centrase en conflictos intestinos, la realidad es que el motor del desarrollo histórico de Japón se encuentra en la rivalidad con el Imperio de los Dragones. La tensión entre ambos imperios ha sido el conflicto permanente en el Asia Oriental, y ha definido las relaciones en ese rincón del mundo desde al menos, el siglo VII, es el origen del eterno "problema coreano" y también de los deseos de expansión china hacia el sureste asiático. Ambos imperios se han frenado y han evitado la expansión de uno y otro en forma mutua.

Hoy queda claro que China se lleva de calle a Japón y que no tiene un rival definido en el continente asiático: vive una luna de miel con Rusia, con la India, una alianza de conveniencia, pues, aunque el subcontinente y el Celeste Imperio históricamente han tenido sus roces por el control del Himalaya, los contactos y conflictos se han visto atemperados por la geografía, en especial, por la cordillera del Hindu Kush, --literalmente significa: asesina de hindúes,-- que les separa, con los obstáculos montañosos y el clima extremo en ellos, mientras que los países de Indochina: Tailandia, Laos, Camboya o Vietnam, históricamente no han  sido otra cosa más que "el patio trasero" del poderosos Estado asiático bajo todas las dinastías o el actual Partido Comunista, cuando no, hasta satélites. Solo Japón, pese ha haber heredado la cultura de China, se ha mantenido libre de su órbita política, le ha plantado cara y hasta ha llegado a ser más fuerte que ella y le ha derrotado. China a su vez, ha dirigido sus esfuerzos a lograr el sometimiento del archipiélago a sus dictados, sin lograrlo nunca, e históricamente, ha habido siempre un estira y afloja entre ambos.

Japón debe armarse y debe construir un poder militar si bien no agresivo ni tendiente a la conquista, sí lo suficientemente fuerte como para frenar un posible expansionismo chino como lo demuestran sus reclamos sobre sus diferendos en el mar territorial con Vietnam o Filipinas y la construcción de una cadena de islas artificiales con bases militares, incluso, esto puede servir a Tokio para refrendar su independencia respecto de Washington, cuando no es un reflejo del poder menguante de la potencia americana; sin su tutela, Tokio tendrá que valerse por sí mismo nuevamente, y quizá podrá recuperar la figura del Tenno como verdadero líder de la Nación sin inhibiciones ni restricciones, quizá, el recuperar sus ideales, los sueños guerreros y el valor permita a los jóvenes nipones recuperar el orgullo y la dignidad y así, comiencen a construir un futuro para un pueblo glorioso y que tantos logros científicos, tecnológicos, artísticos y culturales ha tenido, saliendo de la apatía e inanidad en la que se encuentran varados.

Japón, pese a las atrocidades cometidas en Nanking en los años de la guerra con China, Pearl Harbor y demás, no merece ser parte de los derrotados de la Historia; es un pueblo valiente, luchador y que se ha sobrepuesto a todas las adversidades; por todo ello, Japón merece también, tener un lugar en la nueva "Edad de los Imperios" que se avecina.

No hay comentarios: