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5 de mayo de 2016

FELIPE VI ¿RESURGEN LOS BORBONES?


A casi dos años de su entronización, el Rey de España Felipe VI de Borbón y Grecia ha demostrado tener capacidad para desempeñarse como Jefe del Estado Español en un momento crítico, con un país sumido en la crisis económica europea, con el regionalismo catalán en ebullición y una institución monárquica desprestigiada por la frivolidad e ineptitud demostrada por su padre: Juan Carlos I en los últimos años de su reinado y la presunta corrupción desplegada por su hermana, la Infanta Cristina y su cuñado Iñaki Urdagarín en el "Caso Noos".

A decir verdad, Felipe VI trae tras de sí el sombrío legado de los Borbón españoles y aún de los franceses: los descendientes del sexto hijo de San Luis IX de Francia han demostrado a lo largo de su secular historia una tendencia hacia el autoritarismo por un lado, pero también a un enorme pragmatismo para beneficiar sus intereses, gustos y caprichos personales, --recuérdese al hugonote Enrique IV y su frase "París bien vale una misa" y en el caso de España, su historia al frente del trono de San Fernando ha sido de desencuentros con el pueblo: de origen francés, los Borbón llegaron a Madrid con Felipe V, nieto de Luis XIV de Francia el Rey Sol, con la misión de proteger el flanco del entonces hombre más poderoso del mundo, y disminuir la fuerza de España que se había mantenido, hasta entonces y pese al débil gobierno de Carlos II, el último Habsburgo, como la primer potencia mundial y el primer imperio ultramarino en la lid del tablero geopolítico. Los Borbón nunca se han identificado plenamente con España ni el pueblo español, al que percibieron como inculto y atrasado, por lo que intentaron, bajo los reinados absolutistas de Felipe V, Fernando VI y Carlos III, convertir al país en una segunda Francia: desconociendo su carácter multiétnico y su profundo tradicionalismo, para tratar de aplicar un sistema centralizado, excesivamente racionalista y sobre todo, enalteciendo el poder real y poniendo fin a las tradiciones jurídicas castellanas y aragonesas que restringían el poder del monarca y abrían puertas a la participación popular a través de la celebración de Cortes y la autonomía de los Ayuntamientos, instituciones que fueron respetadas por los Habsburgo.

Aún así, esos tres primeros Borbones aplicaron un despotismo benevolente e ilustrado, que contrastó con la inepcia, egoísmo y venalidad de Carlos IV y Fernando VII, quienes hundieron al Imperio Español ante Napoleón y provocaron el desmembramiento del Imperio; después vendría la frívola zarzuela que fue el reinado de Isabel II, el caos de una Primera República y el desacertado gobierno de Amadeo I de Saboya, para desembocar en el reinado mesurado, centrado y austero de Alfonso XII pero malogrado, para terminar con el frívolo, convenenciero y cobarde Alfonso XIII.

Ante este catálogo de reyes en su mayoría nefastos, cabe preguntarse si la rama Carlista, fundada por el hermano de Fernando VII: Carlos María Isidro, que no aceptó la abrogación de la Ley Sálica, propia de la tradición francesa, que impedía reinar a las mujeres y llevó a Isabel II al trono, y que provocó una serie de guerras civiles, no habría sido mejor; después de todo, Carlos y sus sucesores elaboraron un programa político interesante, la llamada "monarquía social", que reconocía la composición federal de España que habían respetado los Habsburgo y olvidado los Borbón, el respeto a las tradiciones católicas y a los fueros o sistemas jurídicos locales ibéricos entre otras cosas, que demuestran que, al menos, el segundo varón de los hijos de Carlos IV y María Luisa de Parma sí aprendió a ser español al 100% o al menos pretendió serlo.

Ante esto, Felipe VI sabe que no la tiene fácil; pero se ha movido con una astucia típicamente borbónica para consolidar su corona y salvar a la institución monárquica, devolviéndole prestigio. No en balde, colocó en el despacho real el retrato del considerado, hasta ahora, como el mejor de su dinastía: Carlos III el mejor alcalde de Madrid, quien, pese a medidas polémicas como la expulsión de los Jesuitas de su imperio, es recordado por convertir a la capital española en una digna y hermosa metrópoli europea en vez del caserío desordenado de los Austrias, y por haber devuelto a España los éxitos políticos y militares de sus mejores épocas, colocándola a punto de arrebatarle a Francia y a Inglaterra el cetro global. Así, ante la crisis política ocasionada por las divisiones entre partidos y su incapacidad para formar un Gobierno tras las elecciones del 20 de diciembre pasado, Felipe supo sacar provecho para la causa monárquica: apegándose religiosamente a los dictados de la Constitución de 1978, el Rey convocó a los líderes de los partidos y buscó mediar entre ellos para que negociasen y así, pudiera estar en condiciones de proponer un Jefe de Gobierno que tuviese el apoyo de una mayoría en el Parlamento.

El Rey bien sabía que no iba a haber consenso, pero siguió jugando con los ineptos y escandalosos políticos como Pedro Sánchez o Pablo Iglesias y el decadente Mariano Rajoy: los hizo desfilar ante su despacho del Palacio de la Zarzuela y los exhibió tal cual son: ambiciosos, egoístas e incapaces, reacios a hacer concesiones al adversario. Así, Felipe VI aparece como el único capaz de brindar estabilidad ante la inmutabilidad de la corona, y como único símbolo de unidad ante una España dividida por partidos y regionalismos absurdos.

Después, vinieron movidas mediáticas muy hábiles: aparecer en la final de la Copa del Rey de Rugby y ser vitoreado por la afición, y después, asistir a las semifinales de la UEFA Champions League apoyando tanto al Atlético de Madrid como al Real Madrid acompañado de sus hijas, de la Princesa Leonor, heredera al trono, en el primer caso, y de la Infanta Sofía, en el segundo, para proceder a emitir el decreto que disuelve las Cámaras y convoca a nuevas elecciones esperando que las mismas destraben la crisis. Así, hasta la prensa británica y alemana elogian la conducta del monarca ante la parálisis política provocada por los partidos y sus mezquinos líderes.

Es cierto que Felipe VI inició su reinado haciendo concesiones al laicismo imperante en España, pero también lo es que ha sabido controlar a su esposa Letizia Ortiz, quien no ha devenido, como se temía, en una nueva versión de Lady Di, que dinamitase a la monarquía desde dentro, y que hasta ahora, se ha venido comportando en buena medida dentro de lo que dicta el protocolo para su posición como Reina Consorte. El monarca ha exhibido un buen tacto y talento, así como los frutos de una enorme preparación en política que tuvo en diversas universidades: Harvard incluída. ¿Le alcanzará esto para romper con la mala historia de los Borbón al frente de España? Ya lo veremos, por lo pronto, podemos decir que ha superado la prueba y se ha ganado el trono sobre el que se sienta, ha recuperado la imagen de la monarquía y la confianza de gran parte del pueblo español tras los desastres de su padre en la fase final de su reinado. Pero no cabe duda que hace añorar con la Monarquía que no pudo ser de este lado del Atlántico con su austeridad, su tradición y sobre todo, con su vínculo de unidad que se impone sobre la venal y conflictiva partidocracia.

2 comentarios:

Itzayana-chan dijo...

Me encanta su version de los hechos, entre usted y Zunzunegui elijo su pagina antes, y es que no se si soy yo pero su laicismos en sus libros lo senti mas anticolicismo. O al menos en "los mitos que nos dieron traumas"

YORCH dijo...

Qué tal Itzayana! bueno Zunzunegui lo mismo que Francisco Martín Moreno me parecen más de lo mismo, prometen una revisión de los hechos y terminan igual que la Historia tradicional, esto es, fortaleciendo los mismos mitos oficiales de siempre, que además en el ambiente actual en nuestra civilización Occidental es bastante hostil al Cristianismo, pues se ha buscado fortalecer la visión liberal combinada con el "progresismo" de la Izquierda Socialdemócrata y el Estado de Bienestar; así, la Historia se estudia con miras a terminar legitimando lo que actualmente vemos: el caos en los terrenos económicos, políticos y sociales y hacérnoslo pasar por progreso y libertades.