
Reducir el aplastante triunfo de la Sra. Claudia Sheinbaum a la ignorancia de las masas o a su manipulación sería buscar una explicación demasiado simple a lo que en realidad está detrás de la victoria de la candidata de MORENA a la Presidencia de México, ante la enorme participación que se dio en el proceso electoral por parte de la ciudadanía.
Cierto, MORENA ha aplicado tácticas de compra de votos y generación de clientelas mediante los llamados "programas sociales", pero esto tampoco explica una victoria tan grande; muy probablemente, no solo gente de clase humilde o necesitada, enchufada a las ayudas estatales ha decidido refrendar con su voto el que el partido fundado por el todavía Presidente López Obrador se mantenga en el poder por otros seis años al menos, sino que incluso, un buen número de los llamados despectivamente por éste como fifís o aspiracionistas de las clases medias y altas del país han votado por éste proyecto mal llamado Cuarta Transformación derruyendo a la Oposición y reduciéndola a algo marginal, en todo lo que apunta hacia la reconstrucción del viejo sistema político mexicano posrevolucionario más que a que se lanzará a una aventura comunista del estilo que se ve en Cuba o Venezuela, --hay muchos factores que imposibilitan eso, y más adelante hablaremos de ello-- a restablecer un sistema autoritario pero garante de estabilidad política y social, aunque hay que decirlo, hasta ahora, AMLO ha sido incapaz de lograrlo, y creo que su sucesora tampoco lo logrará.
Esta situación se debe a dos cuestiones, por un lado, el fracaso el orden o Sistema Neoliberal implantado desde 1988 en el país de la mano del Presidente Carlos Salinas de Gortari y vigente hasta ahora, más que en el aspecto económico, en los aspectos políticos y sociales, y por otro lado, los errores, quién sabe si hasta intencionados, de la Oposición que no supo hacer una campaña efectiva, y escogió a la peor candidata posible, para este proceso electoral.
Vamos por partes:
1.- EL AGOTAMIENTO DEL MODELO NEOLIBERAL: La apertura de México a los mercados mundiales, iniciada ya desde mediados de la década de 1980 al entonces llamado Acuerdo General de Aranceles y Comercio, el GATT por sus siglas en inglés, hoy Organización Mundial del Comercio OMC, sin duda benefició a México en muchos aspectos, lo mismo que la posterior firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, el famoso NAFTA o TLCAN, hoy TMEC, tras su renegociación; sin embargo, este éxito económico también llevó aparejado una serie de reformas políticas a las que el Estado Mexicano se comprometió a fin de cumplir con las exigencias norteamericanas de implantar un sistema efectivamente democrático y de protección efectiva de los derechos humanos.
Este proceso consistió en ir demoliendo los pilares del poderío de la figura del titular del Poder Ejecutivo. Desde su Independencia y posterior constitución como una República Federal en 1824, México siguió el ejemplo de EUA y estableció un sistema de República Presidencialista, en que del primer magistrado tiene tanto el carácter de Jefe de Estado como de Jefe de Gobierno, sin embargo, la herencia tanto prehispánica como Virreinal, llevó a que, más que en el vecino del norte, donde la tradición británica parlamentaria ya constituía un precedente en la idea de la limitación del poder del gobernante por medio de un órgano deliberante y representativo, la figura presidencial naciera revestida de ciertos rasgos monárquicos, además de la difícil y accidentada geografía del país, tendiente a dificultar las comunicaciones con las distintas regiones desde la capital, lo que es campo propicio para el nacimiento de cacicazgos, por lo que generalmente se esperaba el Presidente que fuera un líder fuerte capaz de imponerse de modo contundente a los líderes regionales; de ahí que los caudillos como Santa Anna, Bustamante, Juárez y finalmente, Porfirio Díaz, apareciesen como los más relevantes por el ejercicio de la fuerza y los más efectivos en imponerse, por encima de los más institucionales como Guadalupe Victoria, José Joaquín de Herrera o Mariano Arista, y más recientemente Adolfo Ruiz Cortines, incapaces de construir una base de poder que los apuntalara en su oficina y apenas recordados pese a que sus administraciones fueron respetuosas de la legalidad, honestas y hasta eficientes.
Así, lo que se dio durante las tres décadas fue una sucesión de reformas constitucionales encaminadas a restarle poder al Presidente y evitar así, la figura de la Presidencia Imperial como la llama Enrique Krauze, o del Presidente-Caudillo, con culto a la personalidad incluido, cuyos últimos representantes quizá fueron José López Portillo y el propio Salinas... hasta la llegada de AMLO.
¿En qué consistieron esas reformas? En pasar atribuciones del Poder Ejecutivo a unos nuevos órganos que se crearon como paralelos a los tradicionales tres poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial como son los llamados Organismos Constitucionales Autónomos, surgiendo un órgano garante de la celebración de las elecciones, el hoy llamado Instituto Nacional Electoral (INE), de manera imparcial y autónoma, un órgano garante de la transparencia y publicidad de la información gubernamental: el INAI, un órgano garante del mantenimiento de la libertad comercial y de condiciones igualitarias en el mercado: la Comisión Federal de Competencia Económica, otro, dedicado en específico al aspecto de las telecomunicaciones, otro, como protector de los derechos humanos pese a la existencia ya de herramientas judiciales, como el Juicio de Amparo, como fueron las Comisiones de Derechos Humanos, y así, se aumentó el peso del Estado en cuanto a que se infló nómina y gasto público para el sostenimiento de estos órganos que técnicamente no eran parte de la Administración Pública pero sí cumplen funciones estatales, y han restado fuerza a los poderes del Presidente.
De igual manera, se fortaleció la función de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y del Poder Judicial Federal como órgano de control constitucional, aunque poco a poco, los Ministros, o jueces integrantes del mismo, no dejaron pasar la oportunidad de ir ganando notoriedad y de meterse en las cuestiones políticas, a la vez que, a través de ellos, empezó a darse la legalización de las aberraciones propias de la ideología Progresista o Woke, importadas de EUA y Europa Occidental.
Sin embargo, todo esto tuvo un efecto no deseado: una especie de libertinaje progresivo, en que no solamente aparecieron cacicazgos regionales, es de recordarse el ejercido, por ejemplo, por el que fuera rector de la Universidad de Guadalajara, Raúl Padilla López, sobre Jalisco, sino también por un aumento generalizado de la pérdida del sentido de autoridad. Este debilitamiento de la figura presidencial se vio, por ejemplo, en la pérdida de la "liturgia" del Estado Mexicano, que se mostraba en los días en que el Presidente de la República acudía al Congreso de la Unión, aperturaba el periodo de sesiones de las Cámaras y rendía ante ellas reunidas en pleno, su informe anual del estado de la administración. Bajo Salinas, diputados y senadores comenzaron, en un alarde de majadería y vulgaridad, a increparle mientras el mandatario hablaba, hacer protestas con máscaras de burla, y llegó a su culmen cuando a Vicente Fox, el primer Presidente no priísta tras 70 años, se le impidió entrar al recinto parlamentario y tuvo que entregar el informe por escrito, por los propios legisladores, que de esa manera, pretendían aparecer como defensores de la Democracia y retar el pretendido autoritarismo de un mandatario que aunque tuvo visos de caudillo populista, renunció a aparecer como figura de autoridad, y quien, quizá, contribuyó como ninguno a devaluar el cargo que ocupaba.
AMLO en su trayectoria política desde los 90 hasta 2018, fue sin duda otro de los que contribuyó a la demolición del poder presidencial, y evidentemente, al igual que Fox, ha mostrado ese populacherismo o chabacanería hasta soez en el ejercicio del cargo, pero sin embargo, al llegar a la Presidencia, pareció enfocarse en la reconstrucción del ejercicio efectivo del poder por parte del Ejecutivo, sin lograrlo, cabe decirlo, pero que sin duda, su sucesora seguirá intentando, gozando con un mayor respaldo para ello en el Congreso.
Pero ¿porqué gran parte del electorado ha decidido apoyar este proceso retrógrado cuando, se supone, se habían conquistado muchos derechos y libertades? Quizá porque esos muchos, como los judíos que en el desierto protestaban contra Moisés durante el Éxodo, extrañaban las legumbres de las que gozaban en Egipto, es decir, por el viejo dilema de Seguridad Vs. Libertad.
Y no es para menos, la sociedad mexicana, tradicionalmente se sostenía sobre tres pilares: el Partido-Gobierno, la Iglesia Católica y el Ejército. Demolido o debilitado el primero, los otros dos se vieron afectados y la estructura asentada arriba de ellos empezó a derrumbarse. Desde los 90, las tasas de divorcio aumentaron, la moralidad se relajó, la violencia doméstica se disparó, la natalidad bajó, las adicciones se incrementaron exponencialmente, el nivel educativo se derrumbó, la corrupción, siempre endémica, creció igualmente a niveles nunca vistos pese a la cada vez mayor cantidad de instancias fiscalizadoras creadas para supuestamente frenarla, y el poderío de las organizaciones criminales se hizo cada vez más patente, llegando a competir con el Estado.
El mandato de AMLO, hay que decirlo con claridad, ha sido incapaz de evitar todo esto, pero cuenta con la excusa de encontrarse apenas poniendo las bases de esa transformación prometida que no consiste en otra cosa que en volver al pasado, de ahí que la próxima Presidenta haya prometido "poner el segundo piso" de dicho proyecto, y que la gente, que quiere regresar al punto de partida y a ese estado de seguridad que ante la realidad actual suena idílico.
Cabe decir que ahora las circunstancias lo podrían favorecer, puesto que lo que estamos viendo, no nada más en México, sino en gran parte del mundo, es el fin de la aventura Neo-Liberal. Ese sistema provocó el ascenso de "élites" o mejor dicho, "oligarquías" que sometieron a los Estados a sus intereses a través de los lobbies globalistas como el Foro de Davos; Rusia y China, por ejemplo, representan la opción de recuperación del poder del Estado frente a estos grupos, y sus modelos autoritarios, sin duda, se van a "poner de moda", más cuando muestran que no es necesario ser democráticos, ni liberales, para lograr el éxito económico, y por eso mismo, esos grupos, que en mucho controlan a los gobiernos europeos y a la actual delirante administración Demócrata en Washington, atizan el conflicto contra dichas potencias resurgentes.
En EUA, la eventual victoria de Donald Trump y su regreso a la Presidencia de la República en noviembre, aunque sea tras las rejas --en una muestra más de los absurdos de los que sólo es capaz el Common Law anglosajón-- tras ser perseguido, de forma descarada por el Poder Judicial del estado de Nueva York, totalmente controlado por el Partido Demócrata, se dirigiría a controlar las ínfulas, verdaderamente demenciales, de las élites tecnológica, financiera, del espectáculo y del complejo militar-industrial que son las que controlan al títere senil de Biden y al que al parecer pretenden mantener en el Despacho Oval. Hay que recordar que quizá por esos puntos coincidentes, de oponerse a ciertos grupos surgidos del mundo de la empresa que han tomado el poder, es que tanto el inmobiliario neoyorkino como el político de Macuspana tuvieron una buena relación.
La pregunta es: ¿los profetas del pasado, o nostálgicos de MORENA, podrán reconstruir el sistema priísta bajo sus siglas o se estrellarán en el fracaso abriendo la puerta a movimientos radicales, actualmente larvarios (pensemos en lo que hasta ahora suena como un disparate: los Carlistas mexicanos)?





