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24 de enero de 2026

EL DISCURSO DE MARK CARNEY

 


El martes 20 de enero de 2026, el Primer Ministro de Canadá, Mark Carney pronunció un discurso que no puede sino ser calificado de histórico.

Muchos lo consideran, y yo estoy de acuerdo con ello, que es probablemente el discurso más importante que se ha pronunciado en materia de política internacional en lo que va del siglo XXI. Es un discurso brutalmente honesto, descarnado y acertado acerca del momento que estamos viviendo, que cierra para siempre la pasada era de las Relaciones Internacionales existente desde 1945, misma que empezó a morir con la pandemia del COVID-19 en 2020. También creo que pone fin a la era de los grandes lobbies empresariales que constituyeron al Globalismo, e incluso, creo que mató en buena medida al discurso de los conspiranoicos que pretenden explicar los eventos tectónicos que estamos presenciando como actos planificados por grupos todopoderosos e infalibles de personas que buscan el "dominio mundial".

Precisamente, y en el caso de unos de estos grupos de teóricos de la conspiración, como son los llamados Hispanistas que quisieran la imposible reconstrucción del Imperio Español, el discurso de Carney demuestra que la llamada Anglosfera no es un todo monolítico y armónico, como tampoco existe una Hispanidad de una sola pieza e idéntica desde los Pirineos hasta los Andes. Existen enormes diferencias entre canadienses y estadounidenses como las que existen entre guatemaltecos y mexicanos, no es lo mismo un neozelandés que un británico, ni es lo mismo un boliviano a un argentino. Es cierto que, desde al menos la Primera Guerra Mundial ha existido una alianza estrecha entre Londres y Washington, que tras 1945 y el colapso pausado y administrado del Imperio Británico se volvió subordinación de la primera a su antigua colonia, y en el caso de Canadá también una compenetración económica y alianza militar con su vecino del sur. Pero latente, siempre ha existido, probablemente desde la Guerra de los Siete Años incluso, cierta animadversión y cautela de Ottawa hacia sus "hermanos" angloamericanos del sur, así como fuertes diferencias culturales: en Canadá, en proporción el Catolicismo siempre ha predominado sobre el Protestantismo, aún sobre el Anglicano, y el carácter canadiense es más pasivo, mesurado o hasta abúlico que contrasta con el hiperactivo y prepotente carácter gringo.

Incluso, se sabe que, desde hace mucho tiempo, el Pentágono cuenta con planes de invasión diseñados en contra del país de la hoja de maple.

Así, el discurso de Carney es muy claro en pintar su raya respecto de EUA, y es de una honestidad brutal, que por ejemplo, uno de estos Hispanistas extremos, Juan Antonio Aguilar, quien padece de un evidente racismo contra los Anglosajones porque añora y está resentido por la España Imperial perdida, califica hasta de descaro o cinismo, lo que podría decir un sacerdote del pecador que acude a confesarse si no creyera en el poder del sacramento. En este caso, Carney está siendo sincero, y retratando la realidad, no es cinismo ni descaro, es por el contrario un rechazo a la hipocresía que había caracterizado al orden internacional.

De entrada, Carney señala que ese orden internacional "basado en reglas" se sustentaba, precisamente, en normas que nadie cumplía, pero que todo mundo suscribía --y lo dice hablando por su país-- porque resultaba conveniente y aquello sirvió a Canadá para desarrollarse, y establecer relaciones económicas con el vecino del sur y ser parte de la OTAN. En pocas palabras, reconoce que ese orden internacional, basado sobre todo en las tesis Kantianas de la "Paz Perpetua" era una utopía, no puede funcionar el crear un corpus jurídico cuyo cumplimiento únicamente quede sujeto a la buena voluntad de los Estados sin contar con una autoridad superior que haga valer esas normas, menos cuando se planteó que dicho papel debía radicar en las cinco principales potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, quienes por supuesto, con el derecho de veto, se asegurarían de mantenerse impunes o proteger a sus aliados.

En este sentido, Carney plantea que lo que viene ahora es un mundo que se se estructurará con base al poder, tal y como lo dijera, ese sí con jactancia y cinismo, Stephen Miller, el influyente Subjefe de Gabinete de Trump, y ante el cual, cada Estado deberá buscar aquellas alianzas y relaciones --bilaterales, principalmente-- que resulten convenientes a su interés nacional, haciendo alusión al acuerdo comercial que ha signado con China. Reconoce que Canadá no es realmente una potencia, sino un "país mediano" y llama a otros a seguir por la misma senda, no aceptando someterse a los intereses del más fuerte.

Carney es un personaje polémico y para muchos, oscuro, ciertamente, quienes le han ligado al Globalismo, sin embargo, él está con su discurso, escribiendo un verdadero epitafio a esta postura; muchos lo creerían así por haber venido de la banca y haber sido tanto Gobernador del Banco de Canadá como previamente del mismísimo Banco de Inglaterra (recuérdese que Canadá es independiente, pero es un reino cuyo monarca es quien a la vez, es Rey de Gran Bretaña, hoy Carlos III), y por su salto a la política partidista siendo Líder del Partido Liberal y derrotando al Conservador Pierre Poilievre, quien no pudo armar una campaña que fuera más allá de atacar personalmente a Trudeau, lo cual fue desactivado con la dimisión de éste, y de ponerse servilmente a las órdenes de Trump.

Sí, es posible que detrás de Carney, como de cualquier otro político en este planeta haya grupos de interés y gente que a cambio de su apoyo, espera alguna retribución. Pero ¿qué puede decirse de Trump? Estaba supuestamente en contra de las élites, y sin embargo, su proyecto está impulsado por los magnates tecnológicos, a la vez que fija límites a los intereses bancarios, pero favorece a las petroleras y de paso, saca a los fondos de inversión de la industria de la construcción de vivienda.

Carney pone fin también a la política construida alrededor de la ideología para fijarla en torno al pragmatismo. Ya no puede decirse que él sea alguien del Globalismo y atemperó mucho el discurso woke que había sido la base del mandato de su nefasto predecesor, con todo y que él se presenta como católico practicante y así asistió a la entronización de León XIV, lo que sin embargo no le impidió no oponerse al aborto en su país, pero eso no quiere decir que pertenezca a una sociedad secreta y siniestra, desgraciadamente, hoy en día muchos católicos van a misa y tienen esa misma postura por la cual deberían ser excomulgados. Es muy probable que, ante el pragmatismo y la eliminación de las ideas de Izquierda vs. Derecha que se desprende de su discurso, Carney vaya disminuyendo el wokismo, de entrada, están comenzando a reintroducirse prohibiciones contra las drogas legalizadas por el presunto hijo de Fidel Castro, lo que muestra una vuelta de timón radical.

Aún así, el Ministro Canadiense ha sido valiente, sabe que su discurso iba a ser tomado como una provocación por Trump, quien ha reiterado sus amenazas expansionistas contra el país norteño, pues se ostenta ya como dueño de Venezuela, que pronto tomará Groenlandia pese a la aparente distensión, y que va por su vecino del norte, y ya se encuentra, según todo lo indica, operando en México con sus fuerzas de inteligencia y seguridad contra los carteles, pese a la negación oficial de la Presidente Sheinbaum. 

Por lo pronto, se sabe que el ejército canadiense ya se encuentra entrenando tácticas guerrilleras, ante lo que pueda pasar en los próximos meses.

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